Kurt caminaba por un terreno
yermo y baldío, envuelto en húmedas nieblas fantasmales que se
cerraban sobre él y se adherían a su piel como si se tratase de
manos espectrales que intentaran atraparlo con sus dedos ganchudos y
pegajosos. Andaba encorvado, con dificultad, casi arrastrándose, con
sus últimas fuerzas.
Los acontecimientos que se
habían sucedido la noche anterior se repetían una y otra vez en su
cabeza. Intentaba encontrar una explicación, mientras vagaba sin
rumbo por tierra de nadie, rezando porque la niebla ocultara su
presencia. La dolorosa herida de la pierna le demostraba que había
sido real y no una pesadilla. ¿Qué iba a hacer? Ésa era la única
pregunta que podía plantearse. Pero en el fondo lo sabía: tenía
que llegar al bosque lo antes posible, para reunirse con los
supervivientes de su diezmado ejército. Una vez más, recordó lo
que sucedió la noche anterior, aún sin poder creérselo.
Habían acordado una tregua
con el bando enemigo durante dos días, en los que debían deshacerse
de los muertos y cuidar de los heridos. Recordaba como la noche
anterior sus compañeros de trinchera charlaban animadamente. Había
reído con ellos, había bebido con ellos, pero cuando el gas tóxico
llenó hasta el último recodo de la trinchera, no había muerto con
ellos. Había sido arrastrado por su general y por otros soldados,
que le dieron una máscara antigás para protegerse. Salió a
combatir entre la confusión y el embotamiento del ataque sorpresa.
Sus enemigos habían roto la tregua, y ahora ellos caían como
moscas. Un incendio se inició a su alrededor, mientras trataba de
esquivar las balas y abatir algunos enemigos. Entonces una disparo le
alcanzó y abrió una fea herida en su pierna. Se tropezó, cayó al
suelo y quedó completamente inconsciente.
Aún podía sentir el calor
de aquel fuego en la piel. Pero lo peor fue cuando despertó, en
medio del campo de batalla. Apenas podía moverse de la
consternación. A lo lejos, oyó soldados, enemigos, buscando
supervivientes. Sin dudarlo, se levantó y, aprovechando la niebla
matutina, logró escapar sin ser visto. Luego había recorrido aquel
páramo durante horas, dejando atrás el campo de batalla y las
trincheras.
Entonces pudo vislumbrar la
linde del bosque entre la niebla, a lo lejos. A pesar de que eso
significaba su salvación, no sonrió. Se apresuró a llegar hasta
allí antes de desmoronarse por completo.
Pero lo que Kurt ignoraba
era que esa había sido la última batalla de la guerra, el último
frente al que combatir. Podría volver a casa y dejar todo ese mundo
atrás.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada