dijous, 6 de febrer del 2014

Comienza la imaginación

Kurt caminaba por un terreno yermo y baldío, envuelto en húmedas nieblas fantasmales que se cerraban sobre él y se adherían a su piel como si se tratase de manos espectrales que intentaran atraparlo con sus dedos ganchudos y pegajosos. Andaba encorvado, con dificultad, casi arrastrándose, con sus últimas fuerzas.
Los acontecimientos que se habían sucedido la noche anterior se repetían una y otra vez en su cabeza. Intentaba encontrar una explicación, mientras vagaba sin rumbo por tierra de nadie, rezando porque la niebla ocultara su presencia. La dolorosa herida de la pierna le demostraba que había sido real y no una pesadilla. ¿Qué iba a hacer? Ésa era la única pregunta que podía plantearse. Pero en el fondo lo sabía: tenía que llegar al bosque lo antes posible, para reunirse con los supervivientes de su diezmado ejército. Una vez más, recordó lo que sucedió la noche anterior, aún sin poder creérselo.


Habían acordado una tregua con el bando enemigo durante dos días, en los que debían deshacerse de los muertos y cuidar de los heridos. Recordaba como la noche anterior sus compañeros de trinchera charlaban animadamente. Había reído con ellos, había bebido con ellos, pero cuando el gas tóxico llenó hasta el último recodo de la trinchera, no había muerto con ellos. Había sido arrastrado por su general y por otros soldados, que le dieron una máscara antigás para protegerse. Salió a combatir entre la confusión y el embotamiento del ataque sorpresa. Sus enemigos habían roto la tregua, y ahora ellos caían como moscas. Un incendio se inició a su alrededor, mientras trataba de esquivar las balas y abatir algunos enemigos. Entonces una disparo le alcanzó y abrió una fea herida en su pierna. Se tropezó, cayó al suelo y quedó completamente inconsciente.
Aún podía sentir el calor de aquel fuego en la piel. Pero lo peor fue cuando despertó, en medio del campo de batalla. Apenas podía moverse de la consternación. A lo lejos, oyó soldados, enemigos, buscando supervivientes. Sin dudarlo, se levantó y, aprovechando la niebla matutina, logró escapar sin ser visto. Luego había recorrido aquel páramo durante horas, dejando atrás el campo de batalla y las trincheras.
Entonces pudo vislumbrar la linde del bosque entre la niebla, a lo lejos. A pesar de que eso significaba su salvación, no sonrió. Se apresuró a llegar hasta allí antes de desmoronarse por completo.

Pero lo que Kurt ignoraba era que esa había sido la última batalla de la guerra, el último frente al que combatir. Podría volver a casa y dejar todo ese mundo atrás.


Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada