Observó
detenidamente a la chica que tenía delante, sin poder creerse
todavía de que fuera la Madre Blanca. Intentó visualizarla tal y
como la recordaba, para compararla con Hana. Había ciertas
similitudes, pero el cambio era increíblemente grande. Reconoció un
colgante que llevaba al cuello, hecho con una piedra tallada de
Mannawinard.
-¿Sabéis
cómo salir de aquí, Madre Blanca?- preguntó vacilante, pues seguía
confusa. Se le hizo extraño llamar a esa chica por el nombre de su
maestra.
Hana
sonrió cálidamente y acercó una mano al corazón de Keyko. Para la
sorpresa de ésta, la mano, incorpórea, la atravesó con un brillo
deslumbrante y una sensación de calor.
-Busca
aquí- respondió la Madre Blanca. - Tara es la respuesta.
Keyko
retrocedió un poco y pensó en lo que Hana decía. Debía salir de
allí como fuera, tenía que regresar con los demás y continuar con
su misión.
-Es
cierto, debes regresar- comentó la joven Madre Blanca.
La
guerrera se sobresaltó por la habilidad de la chica de saber lo que
pensaba. Pero justo entonces alló la respuesta. Metió la mano en el
bolsillo de su túnica y encontró la Piedra Rúnica Sowilo. Hana
sonrió de nuevo y se llevó una mano al cuello, donde una vez había
colgado esa misma piedra.
-Tara
es la respuesta. El modo en que Tara te guía fuera de la oscuridad
es mediante la luz- dijo Keyko, cada vez más segura de sus palabras.
Se
acercó la piedra a la boca y murmuró la palabra “sowilo” con
los ojos cerrados, pidiendo permiso a la diosa para usar su magia. En
el mismo instante la piedra empezó a emitir una luz blanca,
iluminando una puerta que había más allá. Keyko no pudo evitar
sonreír, pero enseguida sintió un punchazo de tristeza en el
corazón. Jamás volvería a ver a la que había sido su maestra, su
guía, su ejemplo a seguir. Se volvió hacia Hana, que comprendía
sus sentimientos como si fueran suyos.
-Lo
siento, Madre Blanca. Debí estar allí para protegeros- sollozó,
apretando la piedra Sowilo con fuerza.
-No
debes sentirte culpable de eso, Keyko. Tu misión era y sigue siendo
cumplir con el propósito de la diosa para salvar a sus hijas, y
nosotras no podríamos estar más orgullosas de ti- respondió Hana,
de nuevo sonriendo. En sus ojos se atisbó el brillo de la Madre
Blanca que Keyko había conocido. Era ella, no cabía duda. - Ahora
ve, Keyko. Pero recuerda que siempre estaremos a tu lado.
Dicho
esto la chica desapareció y Keyko se dirigió a la puerta, aún con
el corazón encogido de la emoción. Al otro lado encontró un gran
salón, construído en la misma roca natural, al fondo del qual había
un gran árbol, que tendría unos cuatro o cinco metros de altura.
Alrededor había dispuestas en círculos varias piedras talladas con
los símbolos de las runas. La luz de la luna iluminaba la estancia
con un brillo etéreo.
Dio
unos pasos adelante, vacilantes. Recorrió el gran salón, mirando de
un lado al otro, buscando algo con lo que poder reconocer su
localización.
-Bienvenida,
Keyko, Portadora de Sowilo. Te estaba esperando- dijo una voz a sus
espaldas.
La
chica se dio la vuelta inmediatamente. Se encontró con la figura de
una mujer esbelta, joven y con la piel morena. Sus ojos eran grandes
y profundos, como pozos de sabiduría. Sin necesidad de que ésta lo
dijera, Keyko sabía quién era. Era Kea, la gran sacerdotisa.
-Traes
un mensaje para mí, ¿no es así?- prosiguió Kea.
Keyko
balbuceó una respuesta y le entregó el papel en blanco a Kea. En
manos de ésta, empezaron a aparecer letras escritas en el papel.
Para sorpresa de la guerrera, que no habría imaginado la existencia
de esas letras ocultas, la sacerdotisa sonrió.
-Tara
vencerá en las almas de los urbanitas. La barrera de lo imposible se
ha roto y el biobot siente. Por lo tanto Tara sobrevivirá al hombre-
leyó en voz alta. Se detuvo un segundo para luego mirar a Keyko-
Ven, pronto llegaran los demás y podremos empezar.



