dimecres, 7 de maig del 2014

Llenando lagunas: Keyko

Observó detenidamente a la chica que tenía delante, sin poder creerse todavía de que fuera la Madre Blanca. Intentó visualizarla tal y como la recordaba, para compararla con Hana. Había ciertas similitudes, pero el cambio era increíblemente grande. Reconoció un colgante que llevaba al cuello, hecho con una piedra tallada de Mannawinard.

-¿Sabéis cómo salir de aquí, Madre Blanca?- preguntó vacilante, pues seguía confusa. Se le hizo extraño llamar a esa chica por el nombre de su maestra.

Hana sonrió cálidamente y acercó una mano al corazón de Keyko. Para la sorpresa de ésta, la mano, incorpórea, la atravesó con un brillo deslumbrante y una sensación de calor.

-Busca aquí- respondió la Madre Blanca. - Tara es la respuesta.

Keyko retrocedió un poco y pensó en lo que Hana decía. Debía salir de allí como fuera, tenía que regresar con los demás y continuar con su misión.

-Es cierto, debes regresar- comentó la joven Madre Blanca.

La guerrera se sobresaltó por la habilidad de la chica de saber lo que pensaba. Pero justo entonces alló la respuesta. Metió la mano en el bolsillo de su túnica y encontró la Piedra Rúnica Sowilo. Hana sonrió de nuevo y se llevó una mano al cuello, donde una vez había colgado esa misma piedra.

-Tara es la respuesta. El modo en que Tara te guía fuera de la oscuridad es mediante la luz- dijo Keyko, cada vez más segura de sus palabras.

Se acercó la piedra a la boca y murmuró la palabra “sowilo” con los ojos cerrados, pidiendo permiso a la diosa para usar su magia. En el mismo instante la piedra empezó a emitir una luz blanca, iluminando una puerta que había más allá. Keyko no pudo evitar sonreír, pero enseguida sintió un punchazo de tristeza en el corazón. Jamás volvería a ver a la que había sido su maestra, su guía, su ejemplo a seguir. Se volvió hacia Hana, que comprendía sus sentimientos como si fueran suyos.

-Lo siento, Madre Blanca. Debí estar allí para protegeros- sollozó, apretando la piedra Sowilo con fuerza.

-No debes sentirte culpable de eso, Keyko. Tu misión era y sigue siendo cumplir con el propósito de la diosa para salvar a sus hijas, y nosotras no podríamos estar más orgullosas de ti- respondió Hana, de nuevo sonriendo. En sus ojos se atisbó el brillo de la Madre Blanca que Keyko había conocido. Era ella, no cabía duda. - Ahora ve, Keyko. Pero recuerda que siempre estaremos a tu lado.

Dicho esto la chica desapareció y Keyko se dirigió a la puerta, aún con el corazón encogido de la emoción. Al otro lado encontró un gran salón, construído en la misma roca natural, al fondo del qual había un gran árbol, que tendría unos cuatro o cinco metros de altura. Alrededor había dispuestas en círculos varias piedras talladas con los símbolos de las runas. La luz de la luna iluminaba la estancia con un brillo etéreo.

Dio unos pasos adelante, vacilantes. Recorrió el gran salón, mirando de un lado al otro, buscando algo con lo que poder reconocer su localización.

-Bienvenida, Keyko, Portadora de Sowilo. Te estaba esperando- dijo una voz a sus espaldas.

La chica se dio la vuelta inmediatamente. Se encontró con la figura de una mujer esbelta, joven y con la piel morena. Sus ojos eran grandes y profundos, como pozos de sabiduría. Sin necesidad de que ésta lo dijera, Keyko sabía quién era. Era Kea, la gran sacerdotisa.

-Traes un mensaje para mí, ¿no es así?- prosiguió Kea.

Keyko balbuceó una respuesta y le entregó el papel en blanco a Kea. En manos de ésta, empezaron a aparecer letras escritas en el papel. Para sorpresa de la guerrera, que no habría imaginado la existencia de esas letras ocultas, la sacerdotisa sonrió.


-Tara vencerá en las almas de los urbanitas. La barrera de lo imposible se ha roto y el biobot siente. Por lo tanto Tara sobrevivirá al hombre- leyó en voz alta. Se detuvo un segundo para luego mirar a Keyko- Ven, pronto llegaran los demás y podremos empezar.


La contraportada




Descripción del libro con los cinco sentidos

Empecemos por la vista. Si viera este libro, creo que tan solo vería oscuridad, y luego algo de luz en un punto concreto, porque la historia empieza en un mundo oscuro y sin esperanza, para luego mostrar una alternativa, una vía de escape que es el poder de Mannawinard. Las cosas que les pasan a los personajes te hacen pensar que todo acabará mal, pero a la vez mantienes la esperanza de que algo cambie, de que, por arte de magia, se resuelvan los problemas.

En cuanto al oído, creo que este libro sería como el canto de un pájaro. Me recuerda a la voz de Tara (a la que se llama Diosa Madre en la novela) a través de sus “hijos”. Ese sonido está siempre presente en cualquier lugar donde haya naturaleza, y es casi como una llamada que te atrae, que te hace cerrar los ojos y escuchar.

La novela tendría un tacto frío y metálico, por toda la tecnología y las armas que aparecen en el mundo de las dumas. Es un tacto inquietante, que te hace sentir tan inseguro como los personajes de la novela. También recuerda a la Hermandad del Ojo de la Noche, pues son asesinos con cuchillos bien afilados.

El libro huele a lluvia, porque es algo que lo limpia todo, algo puro. El agua es el lugar donde se formó la vida, según dicen, y está presente en prácticamente todo. Hace crecer las plantas, los animales... El olor de la lluvia podría relacionarlo con Tara, porque significa un nuevo comienzo.


Por último, la novela tendría un sabor ácido. No sabría decir exactamente por qué. Imagino que lo relacionaría con la radiación que sufre Kim, o el deterioro que ha sufrido el planeta en el mundo que se presenta.


Monólogo del personaje: Keyko

 No puedo creerlo. Es imposible que esto esté ocurriendo justo ahora que estaba tan cerca de llegar al Templo Primero. Las imágenes de la visión se repiten una y otra vez en mi cabeza, intentando encontrar algo que demuestre que son falsas. La Madre Blanca, las hermanas, mi familia... Han muerto. Han sido ellos, los urbanitas, quienes las han matado.
No puedo evitar mirar a Kim y a Chris, pensando que posiblemente se alegren de que esto haya sucedido, de que su bando de máquinas haya ganado una batalla. Odio a los urbanitas, a todos ellos. Ahora mismo me retengo de usar las runas que hay en mi bolsillo en su contra.
¿Por qué ha sucedido? ¿Por qué Tara no ha hecho nada por salvarlas? Podría haberlas advertido, ellas siempre estaban atentas a su voz. Empiezo a pensar que a Tara no le importa su muerte. Lo ha permitido... Y yo estaba aquí, en una estúpida misión, cuando debería haber estado allí para defenderlas con las artes que durante tanto tiempo me enseñaron.
Ni siquiera tiene sentido, nada de esto. Llevo un papel en blanco a una Sacerdotisa a la que no sé por donde empezar a buscar. Todo porque Tara así lo quiere. Pues debo estar sorda a la voz de Tara, o quizás malinterpreto su mensaje, porque lo único que he oído de ella en todo el viaje ha sido que salvara a Kim. Una urbanita, una mercenaria que probablemente hubiera tenido que participar en la masacre de no estar atrapada en Mannawinard, mientras mis hermanas mueren.
Siento la mirada de Kim clavada en mí. En cuanto se la devuelvo ésta cambia la expresión a una de lástima. ¡Ah! Lástima... Lo que da lástima es que no haya podido hacer nada al respecto, es que esté aquí atrapada yo también, sin saber qué es lo que tengo que hacer ahora. ¿Tendrá la misma importancia el mensaje de la Madre Blanca ahora que está muerta? Quizás de eso se trataba, quizás ella quería advertir a la Gran Sacerdotisa de que las máquinas iban a atacar para que enviara ayuda, y yo he llegado muy tarde. Siento como la culpa se apodera de mí de golpe. Me abrazo las rodillas y lucho porque las lágrimas no caigan por mis mejillas.
Recuerdo los días en mi templo en las montañas, antes de todo esto, cuando conversaba con las otras hermanas, cuando juntas nos ocupábamos de abastecer nuestras casas... Ya no podré volver a todo eso, todo aquello cuanto amé ha sido destruido.
Pero hay algo que sí puedo hacer. Puedo llevar el mensaje a la Sacerdotisa Kea, cumplir la misión que la Madre Blanca me encomendó, cueste lo que cueste. Aunque empiezo a sentir el dolor de esta pérdida como piedras muy pesadas en el corazón, seguiré adelante y acabaré lo que empezó hace ya demasiado tiempo.

Esta misma noche dejaré atrás cualquier sentimiento de culpabilidad, de odio... Solo de esa forma podré llegar al Templo Primero. Y, si Tara todavía no ha abandonado a sus hijas, su voz me guiará.

Diez años después: Kim

 El disparo fue certero y limpio. Adam se acercó en seguida al ciervo caído y dio las gracias a Tara y al propio animal por su vida. Kim destensó la mano del arco y observó al Híbrido, como muchos llamaban a Adam, casi con ternura.
El comportamiento de la extraña criatura ya no tenía prácticamente nada de robot. Su forma de hablar y actuar eran completamente humanas, tan solo algunos aspectos físicos, como la rigidez y brusquedad de algunos de sus movimientos, denotaba que tenía parte de robot. Era increíble como, en apenas diez años, había cambiado tanto.
Adam cogió el ciervo sin apenas esfuerzo y volvieron a la aldea. Al llegar, todos los saludaron amablemente. Kim vio caras nuevas, pero eso no era extraño, pues muchos urbanitas habían escogido la vida de Mannawinard en los últimos años. En las dumas, las corporaciones y empresas como Nemetech habían caído al caer los robots. Algunas, sin embargo, no iban a rendirse, y fabricaban robots de servicio por miles. “Tontos, no han aprendido la lección”, pensó Kim. Ella, definitivamente, sí la había aprendido.
Desde que la magia le curó su mutación, su fe en Tara y en el cambio habían aumentado. Incluso había aprendido algún que otro truco con la magia gracias a Moira y a Keyko. Se había salvado, había abierto los ojos, pero no solo ella. Chris también había hecho un cambio radical. Se había unido a los guerreros Ruadh y era muy apreciado por su su habilidad de “conectar” con las criaturas de Tara.
Al final del camino apareció Keyko, con cara de cansada, pero con una gran sonrisa en el rostro. Todos los días entrenaba con su magia, y ya se había convertido en una maga con admirables habilidades. Practicaba sobre todo con los otros magos del Templo Primero, de la aldea... Pero con quien pasaba más tiempo era con sus adorados Ruadh, quienes recibieron su entusiasmo por aprender como algo maravilloso. Incluso a veces su presencia era requerida en el Templo Primero para ocuparse de sus responsabilidades como Portadora de Sowilo, la Runa Elemental de la Luz. La sacerdotisa Kea buscaba sobretodo hablar con ella y con Adam, aunque también la propia Kim había hablado con ella en alguna ocasión.

Kim miró a un lado y al otro, pensando en lo mucho que había cambiado su vida. Observó las plantas a su alrededor, la gente llevando sus vidas de manera tranquila, la manera en que el viento mecía las hojas... Observó la vida en su estado más puro, allí, justo delante de ella. Nunca hubiera imaginado que estaría ahí algún día, pero sin duda era donde debía y quería estar.


Descripción de un sueño: Chris

Abrí los ojos lentamente, sintiendo el calor de la luz sobre mis párpados. A mi alrededor, Mannawinard restaba inusualmente silencioso y oscuro, como si una película de sombras se hubiera posado sobre los árboles y las plantas. Aturdido, me levanté del suelo y miré a mi alrededor. No sabía por qué, pero sentía que me faltaba algo que debía encontrar. Decidí seguir una dirección cualquiera, adentrándome en la espesura de la selva. La extraña quietud del principio se había transformado en un sigiloso movimiento de las plantas, las raíces de los árboles, acompañado por un murmullo entre las hojas.

Fue entonces cuando vi aquella luz a lo lejos, y me dispuse a seguirla. La selva, a mi alrededor, cambiaba, se movía, estaba viva, y parecía querer dificultar mi avance hacia la luz, pero algo me decía que debía llegar hasta ella. Finalmente, alcancé un claro, lleno de helechos y pequeñas flores azules. Había una chica sentada, con una larga trenza a la espalda y ropas Ruadh. Era ella, Semira.



Me quedé allí plantado, sin saber muy bien qué hacer. No podía ser real. Semira había muerto. Yo mismo la había sujetado en mis brazos cuando exhalaba su último aliento. Pero sin embargo allí estaba, resiguiendo los bordes de su arco con la punta de los dedos, esperando.

-Chris...- me llamó, con una voz suave que oí como un eco lejano. - Chris, ¿por qué no te sientas conmigo?

Apenas sin darme cuenta de lo que hacía, me senté con ella entre los helechos. Ella sonrió y, por suerte, conseguí retener las lágrimas. Sus ojos seguían brillando con la misma intensidad de siempre, como si un ardiente fuego crepitara en su interior. La observé durante lo que me pareció una eternidad, torturándome por dentro con la esperanza de que quizás no era un sueño, de que quizás su muerte tan solo había sido una pesadilla y que estaba de verdad conmigo, viva.

-¿Cómo es posible que estés aquí?- pregunté, más para mí mismo que para ella.

-¿Quieres que esté aquí?- dijo ella, sonriendo cálidamente.

-Yo...Sí pero...- empecé, no sabiendo muy bien qué decir.- Es solo que todo esto es muy extraño y te he echado de me....

Me detuve en seco en cuanto lo vi. Algo entre los árboles se acercaba hacia nosotros, rápido. La luz del claro se apagó y regresaron las sombras, más oscuras que antes. Un grito chirriante retumbó en mi cabeza, martilleando desde dentro y causándome un gran dolor. No puede ser, pensé. Rápidamente tomé la mano de Semira y la arrastré conmigo en la dirección opuesta. Empecé a sentir aquel frío en la nuca mientras huíamos. Intenté ir más rápido, pero de nuevo la selva parecía querer entorpecernos.

-Chris-jadeó Semira, soltándose de mi mano y deteniéndose en seco. Me giré, asustado.- Tienes que dejarme ir, es la única manera.

Sentí como el corazón se me aceleraba. ¿Dejarla ir? Ese espectro de hielo que me atacó en la red estaba a punto de alcanzarnos.

-¡Semira, vamos, no hay tiempo!- dije, tratando de tirar de ella, pero se zafó hábilmente.
-No- contestó, con una seguridad en la mirada que me resultó confusa. - Ve tú, sálvate.

Lo comprendí demasiado tarde, cuando el espectro, más alto que los árboles, se abalanzó hacia nosotros, y Semira, moviéndose con la rapidez de un rayo, disparó una flecha certera en el corazón del monstruo. Pero éste no detuvo su marcha y, de un manotazo, lanzó a Semira contra un árbol.
-¡Semira no!- grité, por encima del estruendo de los árboles partiéndose bajo los pies del espectro.

Conseguí llegar hasta ella, pero no había salvación. Lo único que pude hacer fue sostenerla entre mis brazos mientras la vida abandonaba su cuerpo, una vez más. De nuevo la había perdido. Un grito de dolor escapó de mi interior cuando la oscuridad de Mannawinard se transformó en la oscuridad de la casa de Moira.

Me desperté en la cama, sudando y todavía alerta. A mi alrededor todos dormían plácidamente. Había sido solo un sueño, un sueño cruel que me había hecho sentir la misma agonía de perder a Semira de nuevo. Aferré la Runa Elemental que me cedió ella al morir y me la llevé a los labios.

-Lo siento- susurré, como si Semira pudiera oírme, de alguna forma.


Esa noche no pude volver a dormir, simplemente me mantuve despierto resiguiendo los bordes de mi arco con la punta de los dedos, pensando en ella.

Finales alternativos

Primero

Por más que lo intentó, no oía, sentía o notaba nada. ¿Qué voz se suponía que debía escuchar? ¿Cómo podía entender el mensaje de Tara? Kim se puso muy nerviosa y empezó a desesperarse. Tras unos minutos, Keyko y los demás aparecieron entre la maleza.

-¿Kim, va todo bien?- preguntó Chris, preocupado.

Ella asintió con la cabeza, pero era evidente que tenían un problema muy grave entre manos. Lo intentó de nuevo, con todas sus fuerzas. Escuchó cada uno de los sonidos e intentó sentirse relajada y en armonía, pero ninguna no oyó ninguna voz divina en su interior, tan solo el estruendo de sus pensamientos al chocar unos con otros.

-¿Qué ha sido eso?- dijo Keyko, mirando al cielo.

Kim se sobresaltó, pues al parecer el estruendo no provenía de sus pensamientos ni estaba solo en su cabeza. Se oyó de nuevo, más fuerte aún, y los tambores de los Ruadh empezaron a sonar furiosamente.

-Ha empezado- murmuró Kea.

Kim sintió la desagradable sensación del miedo y la desesperación recorriendo su espalda. No podrían hacer el ritual, no podrían detener al gran robot inteligente que controlaba a las personas y a las máquinas. Demasiado tarde, era el fin.

La Última guerra había llegado, la que había sido esperada por tantos años por ambos bandos. Todo acabaría, y uno de los mundos quedaría destruído. Después del fracaso del ritual, posiblemente sería el suyo.

Los robots, las máquinas y los mercenarios lo arrasaron todo. Por más que los Ruadh intentaron defender la tierra de la Diosa Madre, no lo consiguieron, y murieron todos en sus lindes por defenderla. Mannawinard ardió, entre gritos de sus gentes y animales que intentaban huír de la gran destrucción. Incluso la propia selva pareció emitir un grito, el grito de Tara, que se alzó hacia el cielo como el humo de las llamas.

Había terminado y todos estaban muertos. La vida había muerto.


Segundo

El ritual empezó. Los Portadores de las Runas Elementales juntaron las manos y escucharon, buscando en los más hondo de su interior aquello que querían encontrar: la paz con la Madre Tierra. Pronto, las voces de los presentes se sumieron en una sola, conjurando el mensaje de Tara. En el campo de batalla, los Ruadh, los robots y los mercenarios oyeron ese cántico y vieron como una poderosa luz se alzaba al cielo y una tormenta empezaba a formarse alrededor del halo de luz. Los Ruadh golpearon sus escudos con furia, pues sabían que lo que iba a ocurrir sería algo que lo cambiaría todo. Las fieras que habían acudido al campo de batalla con ellos, rugieron con fuerza. Todos clamaban por su victoria, con una sola voz, la de Tara. Los mercenarios retrocedieron, intimidados ante la súbita confianza que desprendían sus enemigos. Incluso los robots que esperaban en las filas empezaron a confundirse y a volverse unos contra otros. La Hermandad del Ojo de la Noche sabía que pasaba algo extraño que escapaba de su control. Ese algo era la magia, a la cual habían odiado y temido toda su vida, y a la que deberían enfrentarse al fin.

En Mannawinard, los animales corrieron a refugiarse y los árboles agitaron furiosos sus ramas. En el ritual, Adam era quien emitía la luz, mientras los demás giraban a su alrededor, con las mentes en blanco, dejando que las palabras de la Diosa Madre fluyeran libremente como una última plegaria. Los circuitos de Adam empezaron a chispear, pero nadie pareció immutarse. El propio biobot empezaba a cambiar lentamente. Su cuerpo metálico se encogió y retorció, cayó al suelo y se unió con la tierra. Varias ramas lo cubrieron, dejándolo completamente inmóvil.



Fue entonces cuando empezó a diluviar y, poco después, los rayos destruyeron las Agujas de las dumas, dejando los robots hechos pedazos. Una nueva oleada de vida empezó a abrirse paso en las yermas tierras de los páramos, una masa de verde que empezaba a cubrirlo todo. En apenas dos horas, las dumas de todo el mundo habían quedado sepultadas bajo plantas, árboles... Tara por fin recuperaba lo que le pertenecía, demostrando a todos que la única capaz de crear vida era ella, y que ningún ser viviente debía estar por encima de eso. Todo el planeta se cubrió con un manto de naturaleza que emanaba por todas partes. La vida podría empezar de cero en ese mundo nuevo, y los humanos deberían aprender a vivir en paz con la tierra. Se les había brindado una segunda oportunidad, la última para la humanidad, un nuevo comienzo, lejos de las frías máquinas que habían causado tanto daño. Tara había hablado, pero ésta vez se había hecho oír, alto y claro. El mundo que les había brindado era puro, y así era como debía permanecer.