Oteaba
el horizonte desde hacía más de media hora. El frío viento azotaba
su rostro de niña, pero ella mantenía la vista clavada en un punto
fijo. Había imaginado muchas veces qué habría más allá de la
vida que ella conocía con las hermanas. La Madre Blanca le había
explicado historias acerca de los Páramos, de las criaturas
horrorosas que allí vivían. Pero las historias que realmente le
fascinaban eran las de Mannawinard, la tierra de Tara. Estaba allí,
en algún lugar más allá de las montañas.
-¡Keyko!-
la llamó una de las hermanas. - Haz el favor de entrar, hace frío.
Asintió
distraídamente, alargando al máximo ese momento, expectante a que
algo cambiara en el paisaje. Se levantó de un salto y corrió con
sus compañeras, que ya entraban a resguardarse en el refugio. Una
vez entraron, Keyko sonrió ante el calor que desprendía una pequeña
hoguera, alrededor de la cual ya habían empezado a congregarse las
hermanas. Era la hora de las historias, la hora preferida de Keyko.
Las
hermanas más mayores contaban cada una una historia acerca de la
Diosa, de Mannawinard, de la guerra contra los urbanitas... Eran
todas historias magníficas y, a pesar de que todas ya las conocían
de memoria, nunca se cansaban de escucharlas.
Sin
embargo, Keyko adoraba las historias de los Ruadh, esos fuertes
guerreros que defendían la tierra de Tara con uñas y dientes.
Secretamente ansiaba poder convertirse algún día en Ruadh, pero
sabía que eso era una fantasía que estaba lejos de cumplirse. En
una ocasión le había confesado a la Madre Blanca ese deseo, a lo
que ésta había sonreído y había contestado: “Eres
impaciente, Keyko. Aprende a oír la voz de Tara antes de decidirte a
hacer algo así.” La niña se había sentido avergonzada ante
estas palabras pero, a pesar de que sabía que la Madre Blanca tenía
razón, no podía evitar seguir alimentando ese deseo día tras día,
noche tras noche.
Las
historias comenzaron esa noche y, como de costumbre, el ambiente se
llenó de un aire de misterio y magia que mantenía a todo el mundo
atento. Aun así, Keyko no podía estarse quieta, no había parado de
pensar en su deseo durante toda la semana. Ésto no escapó a la
aguda vista de la Madre Blanca, quien la vigiló hasta que terminó
la velada. Cuando las hermanas salían por la puerta para ir a sus
habitaciones a dormir, detuvo a Keyko y la invitó a dar un paseo,
algo que hacían a veces.
-Dime,
Keyko, ¿sigues pensando en unirte a los Ruadh?- preguntó dulcemente
a la niña.
Ésta
se sonrojó ante la idea, pero asintió tímidamente.
-Aunque
no quiero irme, Madre Blanca. Me gusta estar aquí...- añadió
enseguida.
-Yo
también he pensado en ello, y he decidido algo. A partir de mañana
entrenarás para convertirte en una Guerrera de la diosa Tara. Los
espíritus de la montaña se encargarán de tu aprendizaje, y estoy
segura de que lo harás muy bien. No nos vendrá mal alguien que sepa
defenderse por aquí.
El
rostro de Keyko palideció un instante ante la sorpresa, pero
enseguida se iluminó en una sonrisa. Nunca se había sentido tan
feliz. Habló un rato más con la Madre Blanca, pero ésta la envió
a la cama. Sin embargo Keyko no pudo dormir en toda la noche. Pensaba
en la cantidad de cosas que quería aprender, en lo que quería y
podía llegar a ser...

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