Primero
Por
más que lo intentó, no oía, sentía o notaba nada. ¿Qué voz se
suponía que debía escuchar? ¿Cómo podía entender el mensaje de
Tara? Kim se puso muy nerviosa y empezó a desesperarse. Tras unos
minutos, Keyko y los demás aparecieron entre la maleza.
-¿Kim,
va todo bien?- preguntó Chris, preocupado.
Ella
asintió con la cabeza, pero era evidente que tenían un problema muy
grave entre manos. Lo intentó de nuevo, con todas sus fuerzas.
Escuchó cada uno de los sonidos e intentó sentirse relajada y en
armonía, pero ninguna no oyó ninguna voz divina en su interior, tan
solo el estruendo de sus pensamientos al chocar unos con otros.
-¿Qué
ha sido eso?- dijo Keyko, mirando al cielo.
Kim
se sobresaltó, pues al parecer el estruendo no provenía de sus
pensamientos ni estaba solo en su cabeza. Se oyó de nuevo, más
fuerte aún, y los tambores de los Ruadh empezaron a sonar
furiosamente.
-Ha
empezado- murmuró Kea.
Kim
sintió la desagradable sensación del miedo y la desesperación
recorriendo su espalda. No podrían hacer el ritual, no podrían
detener al gran robot inteligente que controlaba a las personas y a
las máquinas. Demasiado tarde, era el fin.
La
Última guerra había llegado, la que había sido esperada por tantos
años por ambos bandos. Todo acabaría, y uno de los mundos quedaría
destruído. Después del fracaso del ritual, posiblemente sería el
suyo.
Los
robots, las máquinas y los mercenarios lo arrasaron todo. Por más
que los Ruadh intentaron defender la tierra de la Diosa Madre, no lo
consiguieron, y murieron todos en sus lindes por defenderla.
Mannawinard ardió, entre gritos de sus gentes y animales que
intentaban huír de la gran destrucción. Incluso la propia selva
pareció emitir un grito, el grito de Tara, que se alzó hacia el
cielo como el humo de las llamas.
Había
terminado y todos estaban muertos. La vida había muerto.
Segundo
El
ritual empezó. Los Portadores de las Runas Elementales juntaron las
manos y escucharon, buscando en los más hondo de su interior aquello
que querían encontrar: la paz con la Madre Tierra. Pronto, las voces
de los presentes se sumieron en una sola, conjurando el mensaje de
Tara. En el campo de batalla, los Ruadh, los robots y los mercenarios
oyeron ese cántico y vieron como una poderosa luz se alzaba al cielo
y una tormenta empezaba a formarse alrededor del halo de luz. Los
Ruadh golpearon sus escudos con furia, pues sabían que lo que iba a
ocurrir sería algo que lo cambiaría todo. Las fieras que habían
acudido al campo de batalla con ellos, rugieron con fuerza. Todos
clamaban por su victoria, con una sola voz, la de Tara. Los
mercenarios retrocedieron, intimidados ante la súbita confianza que
desprendían sus enemigos. Incluso los robots que esperaban en las
filas empezaron a confundirse y a volverse unos contra otros. La
Hermandad del Ojo de la Noche sabía que pasaba algo extraño que
escapaba de su control. Ese algo era la magia, a la cual habían
odiado y temido toda su vida, y a la que deberían enfrentarse al
fin.
En
Mannawinard, los animales corrieron a refugiarse y los árboles
agitaron furiosos sus ramas. En el ritual, Adam era quien emitía la
luz, mientras los demás giraban a su alrededor, con las mentes en
blanco, dejando que las palabras de la Diosa Madre fluyeran
libremente como una última plegaria. Los circuitos de Adam empezaron
a chispear, pero nadie pareció immutarse. El propio biobot empezaba
a cambiar lentamente. Su cuerpo metálico se encogió y retorció,
cayó al suelo y se unió con la tierra. Varias ramas lo cubrieron,
dejándolo completamente inmóvil.
Fue
entonces cuando empezó a diluviar y, poco después, los rayos
destruyeron las Agujas de las dumas, dejando los robots hechos
pedazos. Una nueva oleada de vida empezó a abrirse paso en las
yermas tierras de los páramos, una masa de verde que empezaba a
cubrirlo todo. En apenas dos horas, las dumas de todo el mundo habían
quedado sepultadas bajo plantas, árboles... Tara por fin recuperaba
lo que le pertenecía, demostrando a todos que la única capaz de
crear vida era ella, y que ningún ser viviente debía estar por
encima de eso. Todo el planeta se cubrió con un manto de naturaleza
que emanaba por todas partes. La vida podría empezar de cero en ese
mundo nuevo, y los humanos deberían aprender a vivir en paz con la
tierra. Se les había brindado una segunda oportunidad, la última
para la humanidad, un nuevo comienzo, lejos de las frías máquinas
que habían causado tanto daño. Tara había hablado, pero ésta vez
se había hecho oír, alto y claro. El mundo que les había brindado
era puro, y así era como debía permanecer.
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