dimecres, 7 de maig del 2014

Finales alternativos

Primero

Por más que lo intentó, no oía, sentía o notaba nada. ¿Qué voz se suponía que debía escuchar? ¿Cómo podía entender el mensaje de Tara? Kim se puso muy nerviosa y empezó a desesperarse. Tras unos minutos, Keyko y los demás aparecieron entre la maleza.

-¿Kim, va todo bien?- preguntó Chris, preocupado.

Ella asintió con la cabeza, pero era evidente que tenían un problema muy grave entre manos. Lo intentó de nuevo, con todas sus fuerzas. Escuchó cada uno de los sonidos e intentó sentirse relajada y en armonía, pero ninguna no oyó ninguna voz divina en su interior, tan solo el estruendo de sus pensamientos al chocar unos con otros.

-¿Qué ha sido eso?- dijo Keyko, mirando al cielo.

Kim se sobresaltó, pues al parecer el estruendo no provenía de sus pensamientos ni estaba solo en su cabeza. Se oyó de nuevo, más fuerte aún, y los tambores de los Ruadh empezaron a sonar furiosamente.

-Ha empezado- murmuró Kea.

Kim sintió la desagradable sensación del miedo y la desesperación recorriendo su espalda. No podrían hacer el ritual, no podrían detener al gran robot inteligente que controlaba a las personas y a las máquinas. Demasiado tarde, era el fin.

La Última guerra había llegado, la que había sido esperada por tantos años por ambos bandos. Todo acabaría, y uno de los mundos quedaría destruído. Después del fracaso del ritual, posiblemente sería el suyo.

Los robots, las máquinas y los mercenarios lo arrasaron todo. Por más que los Ruadh intentaron defender la tierra de la Diosa Madre, no lo consiguieron, y murieron todos en sus lindes por defenderla. Mannawinard ardió, entre gritos de sus gentes y animales que intentaban huír de la gran destrucción. Incluso la propia selva pareció emitir un grito, el grito de Tara, que se alzó hacia el cielo como el humo de las llamas.

Había terminado y todos estaban muertos. La vida había muerto.


Segundo

El ritual empezó. Los Portadores de las Runas Elementales juntaron las manos y escucharon, buscando en los más hondo de su interior aquello que querían encontrar: la paz con la Madre Tierra. Pronto, las voces de los presentes se sumieron en una sola, conjurando el mensaje de Tara. En el campo de batalla, los Ruadh, los robots y los mercenarios oyeron ese cántico y vieron como una poderosa luz se alzaba al cielo y una tormenta empezaba a formarse alrededor del halo de luz. Los Ruadh golpearon sus escudos con furia, pues sabían que lo que iba a ocurrir sería algo que lo cambiaría todo. Las fieras que habían acudido al campo de batalla con ellos, rugieron con fuerza. Todos clamaban por su victoria, con una sola voz, la de Tara. Los mercenarios retrocedieron, intimidados ante la súbita confianza que desprendían sus enemigos. Incluso los robots que esperaban en las filas empezaron a confundirse y a volverse unos contra otros. La Hermandad del Ojo de la Noche sabía que pasaba algo extraño que escapaba de su control. Ese algo era la magia, a la cual habían odiado y temido toda su vida, y a la que deberían enfrentarse al fin.

En Mannawinard, los animales corrieron a refugiarse y los árboles agitaron furiosos sus ramas. En el ritual, Adam era quien emitía la luz, mientras los demás giraban a su alrededor, con las mentes en blanco, dejando que las palabras de la Diosa Madre fluyeran libremente como una última plegaria. Los circuitos de Adam empezaron a chispear, pero nadie pareció immutarse. El propio biobot empezaba a cambiar lentamente. Su cuerpo metálico se encogió y retorció, cayó al suelo y se unió con la tierra. Varias ramas lo cubrieron, dejándolo completamente inmóvil.



Fue entonces cuando empezó a diluviar y, poco después, los rayos destruyeron las Agujas de las dumas, dejando los robots hechos pedazos. Una nueva oleada de vida empezó a abrirse paso en las yermas tierras de los páramos, una masa de verde que empezaba a cubrirlo todo. En apenas dos horas, las dumas de todo el mundo habían quedado sepultadas bajo plantas, árboles... Tara por fin recuperaba lo que le pertenecía, demostrando a todos que la única capaz de crear vida era ella, y que ningún ser viviente debía estar por encima de eso. Todo el planeta se cubrió con un manto de naturaleza que emanaba por todas partes. La vida podría empezar de cero en ese mundo nuevo, y los humanos deberían aprender a vivir en paz con la tierra. Se les había brindado una segunda oportunidad, la última para la humanidad, un nuevo comienzo, lejos de las frías máquinas que habían causado tanto daño. Tara había hablado, pero ésta vez se había hecho oír, alto y claro. El mundo que les había brindado era puro, y así era como debía permanecer.



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