No puedo creerlo. Es imposible que esto esté ocurriendo justo ahora
que estaba tan cerca de llegar al Templo Primero. Las imágenes de la
visión se repiten una y otra vez en mi cabeza, intentando encontrar
algo que demuestre que son falsas. La Madre Blanca, las hermanas, mi
familia... Han muerto. Han sido ellos, los urbanitas, quienes las han
matado.
No puedo evitar mirar a Kim y a Chris, pensando que posiblemente se
alegren de que esto haya sucedido, de que su bando de máquinas haya
ganado una batalla. Odio a los urbanitas, a todos ellos. Ahora mismo
me retengo de usar las runas que hay en mi bolsillo en su contra.
¿Por qué ha sucedido? ¿Por qué Tara no ha hecho nada por
salvarlas? Podría haberlas advertido, ellas siempre estaban atentas
a su voz. Empiezo a pensar que a Tara no le importa su muerte. Lo ha
permitido... Y yo estaba aquí, en una estúpida misión, cuando
debería haber estado allí para defenderlas con las artes que
durante tanto tiempo me enseñaron.
Ni siquiera tiene sentido, nada de esto. Llevo un papel en blanco a
una Sacerdotisa a la que no sé por donde empezar a buscar. Todo
porque Tara así lo quiere. Pues debo estar sorda a la voz de Tara, o
quizás malinterpreto su mensaje, porque lo único que he oído de
ella en todo el viaje ha sido que salvara a Kim. Una urbanita, una
mercenaria que probablemente hubiera tenido que participar en la
masacre de no estar atrapada en Mannawinard, mientras mis hermanas
mueren.
Siento la mirada de Kim clavada en mí. En cuanto se la devuelvo ésta
cambia la expresión a una de lástima. ¡Ah! Lástima... Lo que da
lástima es que no haya podido hacer nada al respecto, es que esté
aquí atrapada yo también, sin saber qué es lo que tengo que hacer
ahora. ¿Tendrá la misma importancia el mensaje de la Madre Blanca
ahora que está muerta? Quizás de eso se trataba, quizás ella
quería advertir a la Gran Sacerdotisa de que las máquinas iban a
atacar para que enviara ayuda, y yo he llegado muy tarde. Siento como
la culpa se apodera de mí de golpe. Me abrazo las rodillas y lucho
porque las lágrimas no caigan por mis mejillas.
Recuerdo los días en mi templo en las montañas, antes de todo esto,
cuando conversaba con las otras hermanas, cuando juntas nos
ocupábamos de abastecer nuestras casas... Ya no podré volver a todo
eso, todo aquello cuanto amé ha sido destruido.
Pero hay algo que sí puedo hacer. Puedo llevar el mensaje a la
Sacerdotisa Kea, cumplir la misión que la Madre Blanca me encomendó,
cueste lo que cueste. Aunque empiezo a sentir el dolor de esta
pérdida como piedras muy pesadas en el corazón, seguiré adelante y
acabaré lo que empezó hace ya demasiado tiempo.
Esta misma noche dejaré atrás cualquier sentimiento de
culpabilidad, de odio... Solo de esa forma podré llegar al Templo
Primero. Y, si Tara todavía no ha abandonado a sus hijas, su voz me
guiará.
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