Abrí
los ojos lentamente, sintiendo el calor de la luz sobre mis párpados.
A mi alrededor, Mannawinard restaba inusualmente silencioso y oscuro,
como si una película de sombras se hubiera posado sobre los árboles
y las plantas. Aturdido, me levanté del suelo y miré a mi
alrededor. No sabía por qué, pero sentía que me faltaba algo que
debía encontrar. Decidí seguir una dirección cualquiera,
adentrándome en la espesura de la selva. La extraña quietud del
principio se había transformado en un sigiloso movimiento de las
plantas, las raíces de los árboles, acompañado por un murmullo
entre las hojas.
Fue
entonces cuando vi aquella luz a lo lejos, y me dispuse a seguirla.
La selva, a mi alrededor, cambiaba, se movía, estaba viva, y parecía
querer dificultar mi avance hacia la luz, pero algo me decía que
debía llegar hasta ella. Finalmente, alcancé un claro, lleno de
helechos y pequeñas flores azules. Había una chica sentada, con una
larga trenza a la espalda y ropas Ruadh. Era ella, Semira.
Me
quedé allí plantado, sin saber muy bien qué hacer. No podía ser
real. Semira había muerto. Yo mismo la había sujetado en mis brazos
cuando exhalaba su último aliento. Pero sin embargo allí estaba,
resiguiendo los bordes de su arco con la punta de los dedos,
esperando.
-Chris...-
me llamó, con una voz suave que oí como un eco lejano. - Chris,
¿por qué no te sientas conmigo?
Apenas
sin darme cuenta de lo que hacía, me senté con ella entre los
helechos. Ella sonrió y, por suerte, conseguí retener las lágrimas.
Sus ojos seguían brillando con la misma intensidad de siempre, como
si un ardiente fuego crepitara en su interior. La observé durante lo
que me pareció una eternidad, torturándome por dentro con la
esperanza de que quizás no era un sueño, de que quizás su muerte
tan solo había sido una pesadilla y que estaba de verdad conmigo,
viva.
-¿Cómo
es posible que estés aquí?- pregunté, más para mí mismo que para
ella.
-¿Quieres
que esté aquí?- dijo ella, sonriendo cálidamente.
-Yo...Sí
pero...- empecé, no sabiendo muy bien qué decir.- Es solo que todo
esto es muy extraño y te he echado de me....
Me
detuve en seco en cuanto lo vi. Algo entre los árboles se acercaba
hacia nosotros, rápido. La luz del claro se apagó y regresaron las
sombras, más oscuras que antes. Un grito chirriante retumbó en mi
cabeza, martilleando desde dentro y causándome un gran dolor. No
puede ser, pensé.
Rápidamente tomé la mano de Semira y la arrastré conmigo en la
dirección opuesta. Empecé a sentir aquel frío en la nuca mientras
huíamos. Intenté ir más rápido, pero de nuevo la selva parecía
querer entorpecernos.
-Chris-jadeó
Semira, soltándose de mi mano y deteniéndose en seco. Me giré,
asustado.- Tienes que dejarme ir, es la única manera.
Sentí
como el corazón se me aceleraba. ¿Dejarla ir? Ese espectro de hielo
que me atacó en la red estaba a punto de alcanzarnos.
-¡Semira,
vamos, no hay tiempo!- dije, tratando de tirar de ella, pero se zafó
hábilmente.
-No-
contestó, con una seguridad en la mirada que me resultó confusa. -
Ve tú, sálvate.
Lo
comprendí demasiado tarde, cuando el espectro, más alto que los
árboles, se abalanzó hacia nosotros, y Semira, moviéndose con la
rapidez de un rayo, disparó una flecha certera en el corazón del
monstruo. Pero éste no detuvo su marcha y, de un manotazo, lanzó a
Semira contra un árbol.
-¡Semira
no!- grité, por encima del estruendo de los árboles partiéndose
bajo los pies del espectro.
Conseguí
llegar hasta ella, pero no había salvación. Lo único que pude
hacer fue sostenerla entre mis brazos mientras la vida abandonaba su
cuerpo, una vez más. De nuevo la había perdido. Un grito de dolor
escapó de mi interior cuando la oscuridad de Mannawinard se
transformó en la oscuridad de la casa de Moira.
Me
desperté en la cama, sudando y todavía alerta. A mi alrededor todos
dormían plácidamente. Había sido solo un sueño, un sueño cruel
que me había hecho sentir la misma agonía de perder a Semira de
nuevo. Aferré la Runa Elemental que me cedió ella al morir y me la
llevé a los labios.
-Lo
siento- susurré, como si Semira pudiera oírme, de alguna forma.
Esa
noche no pude volver a dormir, simplemente me mantuve despierto
resiguiendo los bordes de mi arco con la punta de los dedos, pensando
en ella.

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