dimecres, 7 de maig del 2014

Descripción de un sueño: Chris

Abrí los ojos lentamente, sintiendo el calor de la luz sobre mis párpados. A mi alrededor, Mannawinard restaba inusualmente silencioso y oscuro, como si una película de sombras se hubiera posado sobre los árboles y las plantas. Aturdido, me levanté del suelo y miré a mi alrededor. No sabía por qué, pero sentía que me faltaba algo que debía encontrar. Decidí seguir una dirección cualquiera, adentrándome en la espesura de la selva. La extraña quietud del principio se había transformado en un sigiloso movimiento de las plantas, las raíces de los árboles, acompañado por un murmullo entre las hojas.

Fue entonces cuando vi aquella luz a lo lejos, y me dispuse a seguirla. La selva, a mi alrededor, cambiaba, se movía, estaba viva, y parecía querer dificultar mi avance hacia la luz, pero algo me decía que debía llegar hasta ella. Finalmente, alcancé un claro, lleno de helechos y pequeñas flores azules. Había una chica sentada, con una larga trenza a la espalda y ropas Ruadh. Era ella, Semira.



Me quedé allí plantado, sin saber muy bien qué hacer. No podía ser real. Semira había muerto. Yo mismo la había sujetado en mis brazos cuando exhalaba su último aliento. Pero sin embargo allí estaba, resiguiendo los bordes de su arco con la punta de los dedos, esperando.

-Chris...- me llamó, con una voz suave que oí como un eco lejano. - Chris, ¿por qué no te sientas conmigo?

Apenas sin darme cuenta de lo que hacía, me senté con ella entre los helechos. Ella sonrió y, por suerte, conseguí retener las lágrimas. Sus ojos seguían brillando con la misma intensidad de siempre, como si un ardiente fuego crepitara en su interior. La observé durante lo que me pareció una eternidad, torturándome por dentro con la esperanza de que quizás no era un sueño, de que quizás su muerte tan solo había sido una pesadilla y que estaba de verdad conmigo, viva.

-¿Cómo es posible que estés aquí?- pregunté, más para mí mismo que para ella.

-¿Quieres que esté aquí?- dijo ella, sonriendo cálidamente.

-Yo...Sí pero...- empecé, no sabiendo muy bien qué decir.- Es solo que todo esto es muy extraño y te he echado de me....

Me detuve en seco en cuanto lo vi. Algo entre los árboles se acercaba hacia nosotros, rápido. La luz del claro se apagó y regresaron las sombras, más oscuras que antes. Un grito chirriante retumbó en mi cabeza, martilleando desde dentro y causándome un gran dolor. No puede ser, pensé. Rápidamente tomé la mano de Semira y la arrastré conmigo en la dirección opuesta. Empecé a sentir aquel frío en la nuca mientras huíamos. Intenté ir más rápido, pero de nuevo la selva parecía querer entorpecernos.

-Chris-jadeó Semira, soltándose de mi mano y deteniéndose en seco. Me giré, asustado.- Tienes que dejarme ir, es la única manera.

Sentí como el corazón se me aceleraba. ¿Dejarla ir? Ese espectro de hielo que me atacó en la red estaba a punto de alcanzarnos.

-¡Semira, vamos, no hay tiempo!- dije, tratando de tirar de ella, pero se zafó hábilmente.
-No- contestó, con una seguridad en la mirada que me resultó confusa. - Ve tú, sálvate.

Lo comprendí demasiado tarde, cuando el espectro, más alto que los árboles, se abalanzó hacia nosotros, y Semira, moviéndose con la rapidez de un rayo, disparó una flecha certera en el corazón del monstruo. Pero éste no detuvo su marcha y, de un manotazo, lanzó a Semira contra un árbol.
-¡Semira no!- grité, por encima del estruendo de los árboles partiéndose bajo los pies del espectro.

Conseguí llegar hasta ella, pero no había salvación. Lo único que pude hacer fue sostenerla entre mis brazos mientras la vida abandonaba su cuerpo, una vez más. De nuevo la había perdido. Un grito de dolor escapó de mi interior cuando la oscuridad de Mannawinard se transformó en la oscuridad de la casa de Moira.

Me desperté en la cama, sudando y todavía alerta. A mi alrededor todos dormían plácidamente. Había sido solo un sueño, un sueño cruel que me había hecho sentir la misma agonía de perder a Semira de nuevo. Aferré la Runa Elemental que me cedió ella al morir y me la llevé a los labios.

-Lo siento- susurré, como si Semira pudiera oírme, de alguna forma.


Esa noche no pude volver a dormir, simplemente me mantuve despierto resiguiendo los bordes de mi arco con la punta de los dedos, pensando en ella.

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