El disparo fue certero y limpio. Adam se acercó en seguida al ciervo
caído y dio las gracias a Tara y al propio animal por su vida. Kim
destensó la mano del arco y observó al Híbrido, como muchos
llamaban a Adam, casi con ternura.
El comportamiento de la extraña criatura ya no tenía prácticamente
nada de robot. Su forma de hablar y actuar eran completamente
humanas, tan solo algunos aspectos físicos, como la rigidez y
brusquedad de algunos de sus movimientos, denotaba que tenía parte
de robot. Era increíble como, en apenas diez años, había cambiado
tanto.
Adam cogió el ciervo sin apenas esfuerzo y volvieron a la aldea. Al
llegar, todos los saludaron amablemente. Kim vio caras nuevas, pero
eso no era extraño, pues muchos urbanitas habían escogido la vida
de Mannawinard en los últimos años. En las dumas, las corporaciones
y empresas como Nemetech habían caído al caer los robots. Algunas,
sin embargo, no iban a rendirse, y fabricaban robots de servicio por
miles. “Tontos, no han aprendido la lección”, pensó Kim.
Ella, definitivamente, sí la había aprendido.
Desde que la magia le curó su mutación, su fe en Tara y en el
cambio habían aumentado. Incluso había aprendido algún que otro
truco con la magia gracias a Moira y a Keyko. Se había salvado,
había abierto los ojos, pero no solo ella. Chris también había
hecho un cambio radical. Se había unido a los guerreros Ruadh y era
muy apreciado por su su habilidad de “conectar” con las criaturas
de Tara.
Al final del camino apareció Keyko, con cara de cansada, pero con
una gran sonrisa en el rostro. Todos los días entrenaba con su
magia, y ya se había convertido en una maga con admirables
habilidades. Practicaba sobre todo con los otros magos del Templo
Primero, de la aldea... Pero con quien pasaba más tiempo era con sus
adorados Ruadh, quienes recibieron su entusiasmo por aprender como
algo maravilloso. Incluso a veces su presencia era requerida en el
Templo Primero para ocuparse de sus responsabilidades como Portadora
de Sowilo, la Runa Elemental de la Luz. La sacerdotisa Kea buscaba
sobretodo hablar con ella y con Adam, aunque también la propia Kim
había hablado con ella en alguna ocasión.
Kim miró a un lado y al otro, pensando en lo mucho que había
cambiado su vida. Observó las plantas a su alrededor, la gente
llevando sus vidas de manera tranquila, la manera en que el viento
mecía las hojas... Observó la vida en su estado más puro, allí,
justo delante de ella. Nunca hubiera imaginado que estaría ahí
algún día, pero sin duda era donde debía y quería estar.

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